La torre de nuestro orgullo
Con el paso del tiempo, al analizar mi propio comportamiento y el de las personas que me rodean, personas normales con una vida común y corriente, me he dado cuenta de algo bastante curioso, aunque al mismo tiempo un poco desconcertante por lo incómodo que puede resultar admitirlo. Se trata del hecho de que cuanto más alta es la torre del orgullo en la que una persona decide habitar y más fuerte es la caída potencial a la que se puede enfrentar, mayor es el miedo a caer. Esto no es algo nuevo, pero causa que la persona, ante la más mínima brisa, se aferre con mucha energía a lo que encuentre a su disposición para no caer. ¿Pero a qué me refiero con esto? Bueno, simplemente que a veces nuestro orgullo se convierte y ni siquiera nos damos cuenta.
Pensemos por un momento en aquella vez que hemos dicho o hecho algo que va directamente en contra de lo que intentamos proyectar. Luego empezamos a dar una larga explicación de por qué lo que hemos dicho es coherente con lo que proyectamos o decimos normalmente, llegando incluso a hacer unos análisis que son tan complejos, que son dignos de una tesis doctoral. El problema de todo esto es que, lejos de la objetividad académica que debería tener una tesis real, lo único que estamos haciendo en la mayoría de estos casos de la vida cotidiana es esconder nuestro miedo a aceptar que nos equivocamos o que no necesariamente somos tan coherentes como nos gustaría ser y mucho menos tan perfectos. Ese miedo a decir "Sí, me acabas de hacer notar que no tiene sentido lo que digo y que simplemente tengo miedo a quedar mal, a mostrar que no soy tan coherente como creo serlo, a no ser tan perfecto o tan erudito como me muestro ante los demás".
Y sí, sé que de manera consciente y racional sabemos bien que no somos perfectos. Dudo mucho que alguien sano mentalmente, hablando fuera de bromas y en su sano juicio pueda discutir eso. Pero una cosa es lo que racionalmente pensamos y otra muy distinta es lo que hacemos cuando nos sometemos a cara a cara a caer de los más alto de la torre de nuestro propio orgullo. Vemos entonces si no le perdemos el miedo a caer, a aceptar que somos humanos y no máquinas perfectas, viviremos siempre prevenidos y encadenados al miedo que nos ha causado nuestro propio orgullo.
Por eso, sería bueno que pensemos un poco en bajar la altura de la torre de nuestro orgullo y perderle miedo a la caída. En otras palabras, sería bueno que nos recordáramos a diario que simplemente somos humanos y que nos podemos equivocar. Esa es precisamente una de las cosas que nos hace humanos. A veces es mejor decir cosas como "Lo siento, me equivoqué" o "¿Sabes qué? Me has hecho notar que me falta claridad sobre este tema. Me gustaría meditarlo un poco a solas y retomar la idea después" o incluso "No lo sé, tal vez sólo tengo miedo y quisiera hacerlo a mi manera, para sentirme más seguro".